Por qué coleccionamos: cuando un objeto se convierte en un recuerdo

Por qué coleccionamos: cuando un objeto se convierte en un recuerdo

Hay objetos que apenas ocupan unos centímetros y, sin embargo, son capaces de guardar décadas enteras.

Una figura encontrada en el fondo de un armario. Un balón de una temporada que todavía recordamos. Un llavero que llevaba años desaparecido. Una caja cuyo diseño reconocemos antes incluso de leer lo que pone.

Y entonces ocurre algo curioso: durante unos segundos, no estamos mirando únicamente un objeto.

Estamos recordando.

Esa es una de las razones por las que la nostalgia y el coleccionismo están mucho más relacionados de lo que parece.

Coleccionar no consiste solamente en reunir cosas. Para muchas personas es una forma de conservar pequeños fragmentos de su propia historia.


¿Por qué nos atraen tanto los objetos del pasado?

La memoria no funciona como un archivo perfectamente ordenado.

Podemos olvidar una fecha, una conversación o incluso un lugar y, sin embargo, basta con volver a ver un objeto determinado para que aparezcan recuerdos que parecían completamente perdidos.

Un juguete puede recordar una habitación.

Una camiseta, un partido.

Un cromo, los recreos del colegio.

Una determinada caja, el escaparate de una tienda que ya no existe.

Los objetos actúan muchas veces como puntos de acceso a nuestra memoria.

Y eso explica por qué algo aparentemente sencillo puede adquirir un enorme valor emocional décadas después.

No importa necesariamente cuánto costó cuando se fabricó. Importa lo que representa hoy.


El verdadero valor de una pieza de colección

Cuando hablamos de coleccionismo solemos pensar inmediatamente en el valor económico.

Rareza. Estado. Número de unidades. Demanda.

Todo eso importa.

Pero existe otro tipo de valor mucho más difícil de medir: el valor emocional.

Una pieza puede ser especialmente importante para una persona porque perteneció a una época concreta de su vida, porque estaba relacionada con un personaje que le fascinaba o porque representa un momento cultural que recuerda con cariño.

Por eso dos personas pueden mirar exactamente el mismo objeto y verlo de maneras completamente diferentes.

Para una puede ser simplemente una figura antigua.

Para otra, puede ser un recuerdo de infancia que llevaba treinta años sin ver.

Ahí empieza, muchas veces, el coleccionismo.


Coleccionar es también una forma de conservar historia

Los objetos cotidianos tienen una característica interesante: cuando se fabrican casi nunca pensamos que algún día serán históricos.

Una caja de juguetes era simplemente una caja.

Una entrada de fútbol servía para acceder a un estadio.

Un catálogo era publicidad.

Un balón era para jugar.

Una figura estaba en una estantería.

Pero pasan veinte, treinta o cuarenta años y esos mismos objetos empiezan a contar cómo era una época.

Su diseño.

Sus colores.

Los materiales.

Los logotipos.

La tipografía.

La manera en la que se presentaban los productos.

Incluso las pequeñas imperfecciones del paso del tiempo.

Por eso el coleccionismo de objetos antiguos y piezas originales de época también puede entenderse como una pequeña forma de conservación cultural.

No estamos preservando únicamente cosas.

Estamos conservando testimonios físicos de cómo vivíamos.


La nostalgia de los años 80 y 90

Para quienes crecieron durante los años 80 y 90, esta sensación resulta especialmente reconocible.

Fue una época llena de objetos muy identificables: juguetes, cromos, videoconsolas, revistas, balones, cintas de cassette, VHS, radios, merchandising deportivo, material escolar y personajes que aparecían constantemente en televisión.

Muchos de esos objetos desaparecieron de nuestra vida cotidiana sin que prácticamente nos diésemos cuenta.

Simplemente crecimos.

Pasaron los años.

Y un día volvimos a encontrarlos.

Ahí aparece una de las sensaciones más interesantes de la nostalgia: reconocer algo que creíamos haber olvidado.

Quizá por eso el coleccionismo relacionado con los años 80 y 90 tiene hoy tanta fuerza. No se trata únicamente de buscar objetos antiguos. Muchas veces estamos intentando recuperar las sensaciones asociadas a ellos.


El packaging original también forma parte del recuerdo

En coleccionismo existe algo que alguien ajeno a este mundo quizá no entienda al principio: en ocasiones, la caja puede ser casi tan interesante como el objeto que contiene.

Y tiene sentido.

El packaging conserva elementos que sitúan inmediatamente una pieza en su contexto histórico.

Diseños que ya no se utilizan.

Formas de impresión.

Fotografías.

Ilustraciones.

Etiquetas.

Marcas comerciales.

Instrucciones.

Precios.

Incluso la forma de presentar un producto dice mucho sobre su época.

Por eso encontrar una pieza junto a su packaging original puede aumentar considerablemente su interés para un coleccionista.

La caja no es únicamente el envoltorio.

También forma parte de la historia.


¿Original de época, retro o reedición?

Aquí aparece además una distinción importante.

No todo aquello que tiene estética antigua es realmente antiguo.

Actualmente existen multitud de productos retro, diseñados hoy para recordar visualmente a décadas anteriores.

También existen reediciones de productos históricos y reproducciones inspiradas en piezas originales.

Todas pueden tener su interés.

Pero no significan lo mismo.

Una pieza original de época es aquella fabricada durante el periodo al que pertenece el objeto.

Una reedición vuelve a producir posteriormente un producto o diseño anterior.

Y un producto retro puede ser completamente nuevo aunque utilice una estética basada en el pasado.

Para muchos coleccionistas, precisamente el hecho de que un objeto haya sobrevivido durante décadas forma parte esencial de su atractivo.

Sus pequeñas marcas del tiempo no necesariamente eliminan valor.

A veces son justamente lo que demuestra que ese objeto estuvo allí.


El momento más especial: volver a encontrar algo

Quien colecciona conoce perfectamente esa sensación.

Ves una pieza y piensas:

“Yo tenía esto.”

O:

“Me acuerdo perfectamente de verlo.”

A partir de ese instante deja de ser solamente una búsqueda de objetos.

Empiezan las asociaciones.

Dónde estabas.

Con quién.

Qué edad tenías.

Qué música sonaba.

Qué partido viste.

Qué programa daban en televisión.

Qué tienda había en tu barrio.

Es difícil encontrar otro tipo de producto capaz de provocar tantas asociaciones con tan poco.

Quizá ahí se encuentre una de las mejores explicaciones de por qué coleccionamos.

Porque determinados objetos consiguen hacer algo que nosotros solos no siempre somos capaces de hacer:

devolvernos un recuerdo con una precisión extraordinaria.


¿Coleccionar es vivir en el pasado?

No necesariamente.

La nostalgia suele confundirse con querer regresar a otra época.

Pero conservar objetos del pasado no significa rechazar el presente.

Puede significar simplemente reconocer que hubo momentos, diseños, personas y experiencias que formaron parte de nosotros y que merece la pena recordar.

Una colección puede construirse alrededor de una ciudad.

De un deporte.

De un personaje.

De una década.

De una marca.

O simplemente de aquello que provoca una determinada emoción.

No existe una única manera correcta de coleccionar.

Precisamente ahí reside gran parte de su atractivo.


De un objeto cotidiano a una pequeña cápsula del tiempo

Los mejores objetos de colección tienen algo en común: son capaces de contar una historia sin necesidad de decir demasiado.

Una figura puede hablar de una generación.

Un balón puede recordar una temporada.

Un packaging puede enseñarnos cómo se diseñaba hace treinta años.

Una pequeña pieza olvidada en un almacén puede convertirse décadas más tarde en algo que alguien llevaba años intentando encontrar.

Ese es el territorio que nos interesa especialmente en Nostalgia Barcelona.

Buscar, conservar y volver a poner en circulación objetos que todavía tienen una historia que contar.

Porque algunas cosas envejecen.

Y otras, con el tiempo, se convierten en recuerdos.


¿Qué objeto te transporta inmediatamente a otra época?

Todos tenemos alguno.

Un juguete, una camiseta, un personaje, una consola, un balón, un cromo o incluso un objeto completamente cotidiano.

Ese probablemente sea el mejor lugar para empezar una colección:

no por aquello que supuestamente deberíamos coleccionar, sino por aquello que todavía consigue hacernos recordar.

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